DIV04

Un año de vida
Bogotá. Volvieron a la vida después de estar en el infierno. Varias de las 15 personas que hace un año estaban enterradas en la selva durante años y que recuperaron la libertad con la Operación Jaque tenían el cuerpo convertido en despojos.
Sus mentes luchaban por mantenerse lúcidas a pesar del prolongado cautiverio. Más que en un campo de concentración, se sentían en una fosa oscura y profunda donde no llegaba ni el Estado ni la justicia, ni el Dios en el que muchos creían. Pero el 2 de julio de 2008 resucitaron.

Ese día, en una arriesgada estratagema, las Fuerzas Armadas usaron una supuesta misión humanitaria como caballo de Troya para engañar a las Farc y lograr la liberación de 15 personas que llevaban entre seis y 10 años en cautiverio. Entre ellos estaban la ex candidata presidencial Íngrid Betancourt, tres contratistas norteamericanos y 11 oficiales y suboficiales de la Policía y el Ejército. La Operación Jaque llenó de júbilo al país.

La liberación de los secuestrados embriagó de alegría a los colombianos y los llenó de respeto hacia quienes heroicamente la planearon y ejecutaron. Fueron semanas de alegría y celebración colectivas. Pero una vez pasó el júbilo nacional, cada uno de los liberados ha tenido un tortuoso camino para su nueva vida: la libertad. El regreso a la libertad ha sido imponderable, pero la fortaleza de la que echaron mano en su prolongado cautiverio les ha servido para enfrentar las grandes adversidades de la vida diaria, a la que ya se habían desacostumbrado.

Los primeros días fueron de vértigo. "Cuando llegamos a Tolemaida y nos esperaban los periodistas, nos sentimos como en otro planeta. Casi ninguno recuerda nada de lo que pasó esos días. Estábamos como drogados. Teníamos mucha ansiedad y en el Hospital Militar nos daban medicamentos", recuerda el hoy recién ascendido capitán Raimundo Malagón.

Prensa de todo el mundo, exámenes médicos, reencuentro con familiares, entrevistas con los organismos de inteligencia, cita con el Presidente, reuniones con los comandantes de las Fuerzas Armadas y de Policía, manifestaciones públicas de apoyo en varios pueblos y ciudades.

Además de libres, eran famosos y muchos estuvieron a punto de explotar de la presión. Los sicólogos estaban en contra de la exposición pública. Pero nadie les hizo caso. Casi todos sufren del síndrome de estrés postraumático. Se requiere tiempo para que las huellas sicológicas se borren. O se aprenda a convivir con ellas, como quien lleva una cicatriz en el alma.

El sargento William Pérez no ha logrado superar el trauma de guerra. Sueña con la guerrilla, no le gusta salir a la calle porque piensa que se encontrará de nuevo con sus enemigos, y desconfía de quienes se le acercan. La primera vez que estuvo en cine, tuvo que salirse a los cinco minutos porque no soportó las escenas violentas. Esta especie de paranoia lo ha hecho encerrarse. Hasta hace poco, hablar del secuestro lo hacía llorar a cántaros. Él, como los otros, asiste todavía a terapia sicológica, pero lo que más anhela es volver a tener una vida normal. Sin sentirse en riesgo permanente, ni vigilado.

La vida sentimental ha sido muy difícil para muchos. El sargento Julio César Buitrago encontró su hogar destruido. Su esposa se enamoró de otra persona y se fue para España. Sus tres pequeñas hijas quedaron con sus suegros. Dos de los tres norteamericanos también tuvieron que enfrentar separaciones, pues un cautiverio tan largo es insoportable para muchas mujeres, o puede ocurrir, como en el caso de Íngrid Betancourt, que los años de secuestro cambien completamente las expectativas de la persona.

Otros luchan por entender los cambios en su vida familiar. Es lo que le ha ocurrido al sargento mayor José Ricardo Marulanda, quien se reencontró con un hogar muy diferente al que dejó. Su hijo de un año ahora tiene 14, y su esposa se convirtió durante el secuestro en una exitosa administradora de empresas. Los roles del pasado ya no existen y Marulanda lucha por adaptarse a esta y a otras realidades igualmente duras. Durante el cautiverio murió su padre, y dos de sus hermanos fueron asesinados por las Farc.

Pero no todo son problemas. Este año también han encontrado apoyo en el Estado y la gente, y eso ha hecho que su proceso de adaptación esté siendo menos traumático de lo que fue para militares y policías que recuperaron la libertad en el pasado.

Tanto los siete militares como los cuatro policías liberados en Jaque siguen en la vida militar. La ley que se aprobó el año pasado, y que les permite lograr los ascensos perdidos en el cautiverio, ha resultado equitativa y muy importante para ellos. Durante el secuestro, los atormentaba saber que sus compañeros de curso irían muy adelante, y ellos, rezagados. Ahora, se han igualado al resto y eso significa que sus carreras continúan, que garantizan su pensión y que incluso la retroactividad del salario les servirá para recuperar sus golpeadas economías.

En cuanto al dinero, muchos recibieron el 25 por ciento de su salario acumulado por estos años, que la institución les guardó. Las familias, generalmente con problemas económicos, gastaron el 75 por ciento restante. Estos ahorros, más aportes que han recibido, como 10 millones de pesos de Seguros Bolívar, les han servido para emprender negocios o inversiones. Los policías, por su parte, recibieron una casa cada uno, aportada por una fundación.

El apoyo sicológico ha sido fundamental. Tanto la Policía como el Ejército tienen grupos interdisciplinarios de apoyo a ellos y su familia, aunque muchos creen que todavía falta mayor profesionalismo en éstas áreas. Y les han brindado también escoltas, algo muy importante para vencer el sentimiento de vulnerabilidad permanente. También tienen una especie de edecán que les ayuda en todo lo que es reaprender el mundo. Desde montar en TransMilenio hasta aprender a manejar los nuevos celulares y computadores portátiles.

Todos, sin excepción, tienen una espina en el corazón: los compañeros que siguen secuestrados. Están seguros de que después de Jaque las condiciones del cautiverio se debieron endurecer. "Hay gente que ya no aguanta", dice Malagón refiriéndose al desgaste físico y emocional en que estaban ya muchos de ellos. Arteaga habla muy afectado un grupo de policías y soldados del que no se sabe nada. "Están perdidos y no ha habido pruebas de supervivencia", se lamenta. Todos sufren por la salud del ahora general Mendieta.

Aunque el tiempo perdido y las heridas infligidas posiblemente nunca se borren, tratan de reconciliarse con el pasado. Este año ha sido feliz y difícil al mismo tiempo. Y aunque las instituciones han respondido a su medida para facilitarles el camino hacia la normalidad, todavía hay mucho por hacer.

Cada uno, privadamente, trata de hacer más ligeras las cargas de la readaptación. La sociedad, pasada la embriaguez de Jaque, ha vuelto a su ritmo normal. Pero la labor con ellos y con los demás ex secuestrados sigue. Por eso aunque hasta ahora el proceso de reincorporación marcha bien, el apoyo social sigue siendo precario con ellos, como con todas las víctimas del conflicto. Y parte de ese proceso pasa por seguir buscando la libertad de los que siguen cautivos en esa fosa común y oscura que es el secuestro.



COMPARTIR

Villavicencio - Meta, Colombia
Horario Atencion: 08:00 - 12:00 y 14:00 - 18:00
siumadiv04@ejercito.mil.co